Defensa Del Deudor, S. C.

¿Para qué es el buen fin?

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Buen Fin ¡Para Endrogarte Mejor!

El Buen Fin está ahí, aguardando por nosotros. Nos ofrecerá en charola de plata un menú de productos y experiencias que nos harán más felices. ¿O acaso el Buen Fin es como el lobo feroz disfrazado de la abuelita? Descúbrelo en la Crónica Godínez de esta semana.

Por Arturo J. Flores (@arthuralangore)

Una amiga me preguntó, a una semana de llegar el Buen Fin:

-¿Cuántos libros lees al mes?

Le respondí, orgulloso:

-4 ó 5, por gusto, más lo que leo por trabajo.

Ella replanteó su pregunta:

-¿Y cuántos libros de educación financiera?

Mi silencio cayó tan pesado entre los dos, como esos tacos de birria que me había comido en el tianguis.

-Jamás en mi vida he abierto uno -balbuceé.

Quizá eso pueda explicar por qué yo, como gran parte de los mexicanos, tengo deudas y vivo al día. Tampoco es que le deba una fortuna a un montón de instituciones bancarias o a un ejército de cobradores que esperan a que me distraiga para hacerme una vasectomía sin anestesia, pero quincena a quincena tengo que depositar religiosamente el pago de alguna chuchería comprada a crédito.

Mis ahorros son como mis amores platónicos: inasibles. Camino por la existencia cruzando los dedos para que no haya una emergencia esperando a la vuelta de la esquina para saltarme a la yugular.

Leo bastante todos los días, pero en términos de finanzas personales soy un completo analfabeta.

Desde el mes de noviembre de 2011 se realiza en México el Buen Fin. Inspirado en el Black Friday estadounidense, se trata de un fin de semana en el que los mexicanos disponemos de licencia irrestricta para gastar, aprovechar (falsas y reales) promociones y descuentos.

¿Cuándo no, si es nuestro deporte favorito?

Somos internacionalmente famosos por nuestra capacidad/voracidad de consumo (que no de pago); un mexicano promedio es una máquina de endeudamiento sin (buen) fin. Una vez me confesó un guía de turistas europeo que le gustaba llevar grupos de mexicanos, porque en vez de bombardearlo con preguntas acerca de los sitios históricos, se entretenían comprando durante horas y horas, en los centros comerciales.

Hay sus excepciones y mis respetos para ellos, pero ahí está para asistirme el mal registró en el Buró de crédito, ese limbo económico al que se condena a los pecadores que no saldan después del buen fin sus deudas a tiempo. Tener buena calificación ahí es una tarea complicada. Si Houdini le hubiera debido a un banco, también le costaría trabajo huir de las garras de los señores de las malas calificaciones en el Buró.

Pero se mete uno porque quiere.

Porque quiere una nueva televisión.

Porque quiere cambiar la sala.

Porque quiere llenar el clóset de zapatos.

Porque queremos poseer, saborear, oler y acariciar todos esos preciados objetos que la televisión nos pone enfrente. Porque queremos vestir las mismas marcas que Kim Kardashian o Robert Pattison, aunque sea para modelarlas en el trabajo, contestando teléfonos 10 horas, 6 días por semana.

Porque queremos matar las 3 horas que hacemos de la casa al trabajo y de regreso en el metro jugando Candy Crush en nuestro deslumbrante iPhone 6.

Porque la próxima vez que nos enfrasquemos en la discusión de si es o no penal, podemos repetir la escena en una SmartTV LED de 50 pulgadas.

Porque así, cuando nos sintamos tan agotados como un Procurador después de 40 horas de buscar lo que no encuentra, nos despatarremos en nuestro flamante reposet a recibir un masaje.

Ayer escuché esta conversación entre dos Godínez, uniformados impecablemente y resignados (lo dijeron) a entregar su juventud a una empresa de telemarketing.

-Chale, antes sí nos iba chido. Chambeábamos mi esposa y yo, teníamos los dos sueldos y vivíamos con mi papá, entonces no pagábamos renta.

-¿Y ahora?

-Pues nomás le chingo yo, gano la mitad y somos 4 en vez de 2.

-Chale…

-Sí y mi esposa me dijo el otro día que porqué ya no salimos, que las cosas cambian, que ya no es como cuando éramos novios. ¡Pus cómo, si llego a la casa tronadísimo! Ya nomás quiero dormir y al otro día, párate tempra.

Para eso llegó el Buen Fin, a tentarnos a beber del oasis de consumo que nos infundirá alegría en este desierto de porvenir.

Aunque después nos lo cobre con sangre, aunque a meses sin intereses.

Yo sólo pienso comprar una cosa en el Buen Fin.

Mi primer libro de Educación Financiera.

-Buen Fin, ¿por qué me ofreces estos descuentos taaaaan grandes?

-¡Para endrogarte mejor!≠

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